Sobre el artículo

Sobre el autor

Doctor en psicología (Universitat Autònoma de Barcelona), licenciado en teología (Seminario Teológico Presbiteriano de México). Psicoterapeuta y psicoanalista en práctica privada. Pastor de la Iglesia Evangélica Española. Despacho: Traveserra de Gràcia 45, 5º 1ª, 08027 Barcelona. Telf. +34 628 665 003. E–mail: victor@drvictorh.com y herramv@gmail.com

Lectura psicoanalítica de textos bíblicos

freud¿Qué significa una lectura de la Biblia desde el psicoanálisis? De entrada, significa leer la Biblia y esto no es poca cosa. El biblista español Luis Alonso Schökel dijo que no es que sea difícil leer la Biblia, sino que lo difícil es leer[1], es decir, ejercitarse en la lectura y en la escucha del texto, respetar las formas del género literario, atender los detalles y ser capaces de ensayar diferentes procedimientos de interpretación, siempre y cuando aceptemos el trabajo que supone el papel de lectores competentes de un texto.

¿Leer la Biblia? Ante esta pregunta, pienso no tanto en un ejercicio académico o de análisis erudito, sino más bien en la experiencia que supone esa lectura en las prácticas de la gente. ¿Cómo llega a nosotros la Biblia, cómo experimentamos su lectura, en estos tiempos de múltiples formas de comunicación en una gran ciudad global que está saturada de múltiples dispositivos de comunicación?

Pienso que, por una parte, sigue existiendo esa lectura de la Biblia por parte de las comunidades de fe, donde la Biblia se lee y se predica, donde se ejercita una catequesis que permite entrar un poco en el mundo de las “historias bíblicas”. También, por otro lado, existe la lectura de la Biblia como una disciplina individual, practican algunas personas en su vida devocional. Allí la Biblia se lee como una fuente espiritual, para hallar consuelo, esperanza, aliento, alguna iluminación para la vida cotidiana.

Pero, por otro lado, la Biblia es también un mundo desconocido o que se hace presente por medio de las múltiples imágenes y soportes tecnológicos de la “telépolis” (la ciudad global en la que vivimos, para usar la metáfora del filósofo Javier Echeverría[2]). La gente se entera de algunos contenidos de la Biblia, de historias o de relatos de la Biblia por el cine (Noé, el Éxodo, etc.) y las series de TV (vgr. series The Bible, Black Jesus, Son of God), de algunas frases o textos bíblicos acompañamos de imágenes o de videos en las redes sociales (facebook, twitter). O la gente lee la Biblia por medio de aplicaciones en sus teléfonos móviles o tablets, siguiendo planes de lectura que se pueden compartir con otros (esto da visibilidad social a un acto personal o individual).

La lectura de la Biblia importa porque los textos bíblicos forman parte de nuestra cultura, pero también porque han permitido analizar críticamente nuestra civilización. Así por ejemplo, los grandes maestros de la sospecha (los fundadores de una crítica de la modernidad), como son Nietzsche, Marx y Freud generaron un pensamiento crítico en el cual está siempre presente la lectura de la Biblia[3].

Hace pocos años se publicaron dos libros de Marie Balmary (El monje y la psicoanalista y Freud hasta Dios[4]), donde la psicoanalista francesa se interesa mucho por la lectura de la Biblia, desde su posición de persona agnóstica pero interesada en el proceso espiritual, dada su experiencia de trabajo clínico como psicoanalista. En su libro Freud hasta Dios Marie Balmary dice lo siguiente:

Recuerdo que, cuando empezaba a interesarme por el psicoanálisis, me preguntaba: ¿cuál es la diferencia con la dirección espiritual? Porque veía ahí dos experiencias de la palabra: una perdonaba sin curar y la otra curaba sin perdonar. Mientras, mi memoria me recordaba textos, quizás algo olvidados, pero suficientemente presentes aún en mi mente como para que no pudiera sacudírmelos de un plumazo. Frases como esta: «¿Qué es más fácil, decir: “Tus pecados quedan perdonados”; o decir: “Levántate y anda”? Pues vais a ver que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder para perdonar los pecados. Entonces se volvió al paralítico y le dijo: “Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.”»

Algo muy interesante en esta psicoanalista es que está dispuesta a escuchar, a preguntar con honestidad desde su condición de agnóstica y de psicoanalista sobre la posibilidad de un Dios que pueda acercar a unas personas con las otras, que pueda suscitar una liberación de toda culpabilidad y que haga posible una felicidad o una alegría en esta tierra. Y lo ejercita en sus conversaciones en torno a la Biblia, en su estudio de la Biblia de una manera tal que permite diferenciar una religión que exige servidumbre y otra que se pone al servicio del ser humano.

Me gustaría comentaros algunas lecturas de los evangelios siguiendo a otra psicoanalista, también francesa, llamada Françoise Dolto, quien fue creyente y se atrevió a publicar su interpretación de diversos textos evangélicos[5]. Por cuestiones de brevedad, comentaré un texto del evangelio. El relato está en Juan 4:1 – 42, Jesús y la mujer de Samaria. La Dolto dice de este relato lo siguiente:

«Esta samaritana hizo una transferencia con Jesús… ella queda seducida por este hombre. Jesús le responde: “No, no conmigo. Ve a buscar a tu marido… “. Porque Jesús no quiere iniciar a esta mujer para la vida espiritual si ella confunde la vida sexual y la vida espiritual.

Ser casto, para Jesús, consiste en no responder al deseo genital carnal de ésta mujer enamorada de él, y de ésta manera le hace acceder a una vida otra.

Ella descubre que la vida sexual nunca le ha llenado, ya que en la misma hay un hueco, y hay una falta, pero ella no quiere saber nada de esa falta.

Sin embargo, es esta falta que la vuelve a diferentes hombres, es un deseo sordo que le hace buscar de hombre en hombre, el placer y la seguridad. Jesús le revela que más allá del placer, siempre que se confunde con una necesidad, su deseo permanece insatisfecho, porque no se basa en el amor.

[Gérard Sévérin] Por otro lado, lo que todavía me llama la atención es el tono con que habla esta mujer de Samaria. Aparece como una incitadora que desliza su coquetería dentro de la burla tradicional: ¡¿Qué, tú, un judío, me pides de beber, a mí, una mujer samaritana?!

Si es provocativa, es porque no se ha encontrado con los hombres en el campo de la seducción y la complicidad. Estos hombres de tales encuentros le ofrecieron sus encantos, o, bajo el pretexto de pedir un servicio, esperando algo más. Jesús le pide de beber y ella cree que se trata de otro tipo de demanda. Cautiva de sus propias trampas, ella mira directamente de proponer enseguida algo más. Se propone toda ella entera.

Jesús no la culpó en absoluto. Por fases sucesivas le ayudará a descubrir la verdad de su deseo. La seguirá en sus evasiones: “Tú no tienes agua – dame de esa agua para que ya no tenga que venir aquí – ¿Dónde debemos adorar a Dios?”»[6].

Es una lectura que tal vez inquiete o sorprenda a algunos creyentes, aunque espero que no escandalice esta lectura que reconoce en el encuentro de Jesús con una mujer, la dimensión carnal, psicológica y espiritual que puede tener, y de hecho tiene, todo encuentro que se precie de significativo en la historia vital de alguien.

La interpretación que he compartido, de Françoise Doltó, se aproxima al relato del evangelio de Juan, donde está presente un lenguaje altamente simbólico y también se describen situaciones muy concretas, de encuentros sorprendentes entre Jesús de Nazaret, el logos encarnado, y personas como la mujer de samaria. No hace falta ser psicoanalista para que un lector cuidadoso, con un poco de sensibilidad literaria, y que guarde en su memoria diversos textos del Antiguo Testamento, se dé cuenta que el encuentro con una mujer, a solas, en un lugar tan preciso como un pozo, es un detalle que el texto quiere que advirtamos.

El pozo es un lugar de encuentro, de vida y de encuentro amoroso. Toda persona que recuerde la literatura sapiencial de la Biblia sabe que el pozo es un lugar que simboliza el encuentro erótico y nupcial. El pozo es también, en la narrativa del Pentateuco, un símbolo muy denso de la presencia salvadora de Dios.

En la lectura que hace Doltó, en diálogo con el biblista Gérard Séverin, se da cuenta que el texto habla de una “fuente” de agua (en griego phgh) y de un “pozo” (en gr. jrear), y habla de agua de manantial (en gr. antlew) en los versos 6, 7 y 12. El relato nos conduce y nos hace detenernos, quizá cansados con Jesús, bajo el sol abrasador del medio día y nos hace desear agua, un agua que refresque y que apague la sed.

El texto, mirado desde el trabajo más arduo de la exégesis y en los detalles que derivan del análisis del texto, tiene unos rasgos propios, tal como lo señala el exégeta Raymond Brown[7]: el evangelio de Juan se caracteriza por un uso profundo del simbolismo, por referencias al A.T., por ciertas estrategias literarias, como el uso del “malentendido” y por encuentros paradigmáticos con ciertos personajes: Natanael, Nicodemo, la mujer samaritana, el parálitico de Betsaida, el ciego curado en el templo.

En el caso de nuestro texto, el relato funciona precisamente de esa manera, como un pequeño drama o una puesta en escena[8], donde asistimos a algo más de lo que se dice, o mejor dicho, de lo que se nos ha dicho que dice el texto bíblico.

Jesús se dirige al norte, a Galilea, “teniendo” que pasar por Samaria, y allí, en el pozo, en el encuentro a solas con una mujer, tiene lugar una conversación que no se entiende del todo, pero que está puesta para entenderlo absolutamente todo (o casi todo): porque, como nos muestra la lectura de una psicoanalista, en el encuentro ella se muestra coqueta dentro del reproche burlón matizado del prejuicio racial: “¡¿Qué, tú, judío, me pides agua a mí, mujer, samaritana?!” y entonces comienza el diálogo donde todo parece un malentendido tras otro (parece que cada uno habla de “aguas” diferentes, parece que muchos planos se cruzan o superponen: la historia de lucha y antagonismo entre pueblos, quizá el antagonismo atávico entre mujeres y hombres, tal vez la misma ambivalencia que atrae, que hace atractivo un encuentro… tal vez).

Y sin embargo, también ocurre aquello de lo que habla Doltó: una transferencia, es decir una experiencia de ilusión y de deseo. Ella se descubre atraída, por el hombre con quien se encuentra, porque así lo revelan sus palabras que le hacen rendirse ante el hombre que tiene delante: “Señor, dame esa agua”. Pero es algo más o menos anunciado desde su propia historia, puesto que ella es una mujer que ha buscado y buscado, en otros encuentros y con otros hombres, lo que su deseo de mujer le impulsa a buscar. Y ese mismo deseo se pone en juego en el encuentro con el hombre que tiene delante, a quien descubrirá más tarde como profeta de Dios. El deseo de ella no es sólo un deseo sexual, un deseo de la carne, sino también y más que nada, un deseo que viene desde lo inconsciente y, por tanto, tiene que ver con algo que no se sabe, aún cuando se vive con intensidad.

Y aquí es donde el psicoanálisis nos muestra su especificidad, lo que hace singular su punto de vista en la interpretación de un texto bíblico, que es, a saber la emergencia o la aparición del deseo inconsciente. Doltó lo expresa así, en el caso de esta mujer que se fascina y se quiere dar toda ella, en su encuentro con Jesús:

“Si es provocativa, es porque no se ha encontrado con los hombres en el campo de la seducción y la complicidad. Estos hombres, de tales encuentros, le ofrecieron sus encantos, o, bajo el pretexto de pedir un servicio, esperando algo más. Jesús le pide de beber y ella cree que se trata de otro tipo de demanda. Cautiva de sus propias trampas, ella mira directamente de proponer enseguida algo más. Se propone toda ella entera.[9]

La psicoanalista sabe, por el trabajo clínico con las personas que vienen a la consulta, que las personas buscan, buscamos, pero que lo hacemos sin saber (y muchas veces sin querer saber) sobre ese deseo que nos empuja. Y ese deseo supone con frecuencia la confusión de los deseos con las necesidades y la repetición de unos esquemas rígidos y destructivos.

La mujer de Samaria puede ser vista como “una mujer fácil que ha tenido y tiene una vida difícil”, una vida no fácil, por cierto. ¿Por qué, si no, ella va sola al pozo, al mediodía, cuando no es la hora propia en que todas las mujeres, casadas y solteras, van juntas a recoger el agua?

En el placer sexual conocido, y en las ilusiones con que se carga ese deseo, están muchas otras cosas también, como por ejemplo la búsqueda de la seguridad, el deseo de hallar una satisfacción que sea plena, duradera. Pero es más frecuente que nos aferremos a lo conocido, al placer conocido (aún cuando sea un placer que luego trae más sufrimiento) y repetimos los mismos esquemas en las maneras de vincularnos, de establecer relaciones.

El psicoanalista sabe, además, que es en la vida humana donde ocurre la confusión entre necesidades y deseos. El ser humano ha podido adaptarse y desarrollarse de una manera extraordinaria, gracias a su aparato psíquico, donde las necesidades no se satisfacen con estructuras de comportamiento llamadas “instintos”, como el resto de los animales. El ser humano, mujeres y hombres, somos seres de lenguaje, capaces de producir símbolos que nos permiten crear un mundo propio, que se llama cultura y que transforma todo el resto del mundo.

Pero, por otro lado, esa impresionante capacidad supone que seamos seres que se viven en constante insatisfacción con respecto a lo que deseamos, que nos sintamos deprimidos o que nos angustiemos ante miedos imaginarios, porque el deseo no es lo mismo que la necesidad, y porque es frecuente que confundamos una cosa con la otra.

La mujer del pozo busca, en medio de la cadena de fracasos para hacer pareja, ella sigue buscando pero de manea equívoca. En ningún momento Jesús le culpa ni le reprocha nada. Habla con ella y no se molesta de que haya malentendidos, pero cuando ella se propone Jesús no le responde como ella esperaba. No es la respuesta que ha encontrado siempre en otros hombres, que toman lo que ella les ofrece, sino que es la respuesta que le dice “trae a tu marido”, que viene a significar “ve y haz pareja”. Porque de eso se trata, si lo que ella busca es el encuentro con otro, de construir una relación de reciprocidad y amor, de tener un pozo de agua en torno al cual sea posible una vida buena.

Por ejemplo, el giro que supone para la mujer pasar de un papel pasivo y receptor (“dame de esa agua”) al papel activo de tener que ir “a buscar marido” y, además, el papel activo de quien debate sobre el mejor lugar para adorar a Dios y, sobre todo, ir a la ciudad para anunciar a los hombres sobre el Mesías.

En una perspectiva psicoanalítica, sabemos que el deseo inconsciente se articula con relación a las limitaciones que nos impone el mundo cultural del que somos parte. El crecimiento psicológico o la maduración emocional consisten en un arduo trabajo donde hemos de aprender a tolerar las frustraciones y a generar formas de respuesta que hagan que la vida tenga algún sentido. Es lo que los psicoanalistas llamamos las “castraciones necesarias”, que tiene que ver con la gestión de los límites en un mundo desigual y complejo, pero donde hemos de hacer que el amor y el trabajo den algo de sentido a la vida.

Por eso, tiene mucho sentido la localización del relato, del encuentro entre la mujer y Jesús, que es el pozo. Y es altamente interesante que este encuentro, donde hay palabras, miradas, deseos, malentendidos, desafíos, tenga lugar en un pozo, que a veces puede ser tan sólo un pozo pero también puede ser un manantial o puede ser una fuente de agua que bulle, que brota y da vida siempre. Es decir, que por medio de esta experiencia de encuentro, Jesús abre un camino hacia la espiritualidad, hacia algo que está allí y está más allá. Es un camino hacia Dios que no se ha de confundir con los lugares religiosos (el templo de Jerusalén o el de Gerizim) ni con los rituales o los objetos religiosos (la Torah judía o samaritana, los rituales de cada pueblo), sino que tiene que ver con adorar a Dios “en espíritu y en verdad”.

Pero, si algo aporta una lectura inicial desde el psicoanálisis, es el punto de vista que reconoce el juego que supone la participación del deseo, el deseo inconsciente. Porque dicho deseo supone reconocer que todo pasa por el encuentro (o el desencuentro) más pleno, donde el cuerpo también participa y donde las emociones y sus pautas equívocas de expresión, también tienen lugar en esos encuentros, pero precisamente en dicha situación absolutamente humana, es donde se encarna el Verbo, la palabra dadora de vida, que es Jesús.

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[1] Luis Alonso Schökel fue un pionero en mostrarnos que la Biblia es literatura y que se requiere un esfuerzo que conjunte el análisis riguroso y la sensibilidad poética para comprender el mensaje de los textos bíblicos, cf. “Problemas hermenéuticos de un estudio literario de la Biblia”, en Hermenéutica de la palabra. Vol. I. Hermenéutica bíblica, Madrid: Cristiandad, 1986. También, y sobre todo, cf. Hermenéutica de la palabra. Vol. II. Interpretación literaria de textos bíblicos, Madrid: Cristiandad, 1987

[2] Cf. Su libro Los Señores del aire: Telépolis y el Tercer Entorno, Barcelona: Destino, 1999. Echeverría dice que vivimos en un tercer entorno (el primero es el campo, el segundo la ciudad) que es el ámbito del aire, las ondas, gracias al cambio que suponen las nuevas tecnologías de la información y la comunicación.

[3] Para el caso de Marx y su uso de la Biblia, cf. Enrique Dussel (1993), Las metáforas teológicas de Marx, Navarra: Verbo Divino; Enrique Dussel muestra que diversos textos bíblicos fueron centrales en la obra teórica de Marx, como por ejemplo Mateo 6:19–24, pp. 200–2013. En cuanto a la importancia de la lectura de la Biblia en Freud, cf. Théo Pfrimmer (1982), Freud. Lecteur de la Bible, Paris: Presses universitaires de France.

[4] Ambos publicados por la editorial Fragmenta de Barcelona, en 2007 y 2011, respectivamente.

[5] Cf. Françoise Dolto y Gerard Sévérin (1976 y 1977) L’Evangile au risque de la psychanalyse, tomos 1 y 2, Paris: du Seuil; el tomo 1 fue traducido al castellano: El evangelio ante el psicoanálisis, Madrid: Cristiandad, 1979. Un tercer volumen: La foi au risque de la psychanalyse, Paris: du Seuil, 1981.

[6] Cf. Françoise Dolto y Gérard Sévérine, L’Évangile au risque de la psychanalyse. Jésus et le désir, tome 2, Paris: du Seuil, pp. 46 – 48, mi traducción.

[7] Cf. El evangelio según Juan. I – XII, Madrid: Cristiandad, 1999, pp. 174 – 176.

[8] Una aproximación al evangelio de Juan, como una “escenificación litúrgica”, es la que encontramos en la obra de Tomás García Huidobro: Experiencia religiosa y conflictos en el cuarto evangelio. La escenificación litúrgica del evangelio frente a los viajes celestiales, Estella (Navarra): Verbo Divino, 2012.

[9] L’Évangile au risque de la psychanalyse, op. cit., pp. 47 – 48, mi traducción.

Sobre Víctor Hernández Ramírez


Doctor en psicología (Universitat Autònoma de Barcelona), licenciado en teología (Seminario Teológico Presbiteriano de México). Psicoterapeuta y psicoanalista en práctica privada. Pastor de la Iglesia Evangélica Española. Despacho: Traveserra de Gràcia 45, 5º 1ª, 08027 Barcelona. Telf. +34 628 665 003. E–mail: victor@drvictorh.com y herramv@gmail.com

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